revista literaria
Telúrica
Jens Gärtner

escritor · telúrica
Jens Gärtner
1993 · Santa Rosa de Cabal, Risaralda Escritor y docente. Estudió Filosofía en la Universidad de Antioquia. Se ha desempeñado como traductor, intérprete, corrector de estilo e ilustrador. Es miembro del Colectivo Axiz y editor de la editorial independiente Memento Moritas. Actualmente, además, dicta talleres y cursos de lenguas, literatura y escritura creativa.
poesía
Selección de poemas
Me quito la poesía
De vez em quando Deus me tira a poesia.
Olho pedra, vejo pedra mesmo.Adélia Prado me quito la poesía la deslío y hiede a sangre y a polvo y crepita cuando cae me llama por mi nombre no respondo me llama por tu nombre sombra asechosa pretérito espejo trampa fosca no respondorespiro por la herida también me desovillo el aliento resoplo tengo fiebre no te pongas a llorar Eduardo César no te pongas a llorar que se mojan las vendas y se incorporan y quién sabe pero creo que son bien peligrosas no te pongas a llorar Raúl no te agazapes el sueño es más nocivo que el decurso de las palabras y su rastroasí cuando están secos los trapos enconados parecen hojas frutas y pimpollos y la cicatriz una boca que habló
Olho pedra, vejo pedra mesmo.Adélia Prado me quito la poesía la deslío y hiede a sangre y a polvo y crepita cuando cae me llama por mi nombre no respondo me llama por tu nombre sombra asechosa pretérito espejo trampa fosca no respondorespiro por la herida también me desovillo el aliento resoplo tengo fiebre no te pongas a llorar Eduardo César no te pongas a llorar que se mojan las vendas y se incorporan y quién sabe pero creo que son bien peligrosas no te pongas a llorar Raúl no te agazapes el sueño es más nocivo que el decurso de las palabras y su rastroasí cuando están secos los trapos enconados parecen hojas frutas y pimpollos y la cicatriz una boca que habló
Perdido
Un hombre está perdido.
No cree, pero sí: se ha confundido
mirando tanto al frente,
bastándose a sí mismo en los festines
de la autocompasión.«Soy un buen hombre»,
reza en las mañanas;
«Merezco amor»,
en el umbral del sueño
en que me encuentra.
Jura que me ocupo urdiendo maldades.
Allí, en su sueño, estoy
también perdido,
con mi oreja brújula,
con mi tesorito de palabras patinadas,
con mi tic nervioso;
así lo espero
hasta que quiera otra vez
perderse conmigo.
¿Amor es qué?
¿Amor es qué?
Que alguien me diga.
¿Un rayo de luz? ¿Una ruleta?
¿Un coro de olores y saliva?
¿El perro cuando salta de alegría?
¿La danza de raíces y terrones?¿Amor es qué? No sé.
Que alguien me diga
si es la araña cuando la polilla
toca el arpa espiralada
o cuando se va
mareándose en tornados
el recuerdo de una bruja
que me grabó sigilos en la nuca.Hace tanto calor, y yo no sé
qué es el amor.
Que alguien me diga
cuando salgan las nubes
plateadas
y cuando el presidente declare
que podemos descansar
todos los tristes.¿Será un corazón abierto
o serás tú, que sigues corriendo,
o la serpiente que salió del mar
arrastrándose por el polvillo del amor de Dios?No sé y no puedo saberlo,
así como no sé qué historia
cuentan los cucaracheros
que coloquian frenéticamente con las aeronaves.Algunas veces bramé
parecidas canciones de gesta
y fui padre en el modo subjuntivo
y amé a mis hijos hipotéticos
y dejé que me humillaran:
«estás viejo», «no lo entiendes»,
«tú no sabes lo que siento».
Quise golpearlos y fui un monstruo
y entonces me quedé dormido,
y tu ombligo fue un altavoz,
y en mi oído un coro de ángeles secreteó:
tenías hambre.
Fui a la cocina y rompí un huevo
y, cuando se acariciaron el fogón prendido
y el acero inoxidable, pensé:
«esto es amor».
Tal vez lo era.
O tal vez sea el sedimento
salado
en el charquito que lloré
cuando dijiste «vete y vete
y vuélvete a ir».
O tal vez son las cicatrices;
el perro me mordió,
el gato me mordió,
una vez o dos el loro de mi abuelo me mordió.Ay, si yo supiera amor qué es,
lo haría en un taller
y saldría a repartirlo,
o quizás no,
y entonces lo guardaría
con celo y se lo mostraría
como un pichón herido
a quien me quiera amar en mi agonía.
O lo quemaría en un ritual ocioso
para tiznarlo de majestad.¿Amor es qué?
Por Dios, ¡que alguien me diga!
Se lo juro que estoy listo.
La golondrina
Acaso saliste a pasear porque oíste
el acezo de la golondrina.
Estaba herida de alas, canto y nido,
y a través del relámpago
o en su eco
u ofuscado en el gorgorito de la lluvia
advertiste su gorjeo.Acaso no olvidaste llevar una venda,
una canasta, un puñado de alpiste,
sino que supiste que todo el sustento
de una vida renovada
—ibas plena de vida—
te cabía en las manos abiertas vacías.¿Pusiste la oreja en el suelo?
¿O cómo escuchaste su pulso?
¿Tan claramente se distinguía
del zumbido del sol,
de la trémula fotosíntesis?Imagino que te avisó
el olor dulce de la agonía
en qué fardo de flores muertas
tenías que rebuscar para encontrarla,
que el último tiento transpareciente de un sueño
te asesoró: debías ir descalza y con el pelo acaracolado.¿Parpadeaba lentamente cuando la hallaste?
¿Sacaba la lengua?Inhalaba: «sálvame pronto».
Exhalaba: «déjame ir».
Nunca haces caso.
Eso la salvó:
nunca haces caso.El claro y luego el bosque y luego el mundo
se impregnaron todos del compuesto comburente
de su aliento y el tuyo.Todo lo presagiaste:
el cuenco hecho de manos, seno y mirada,
el ave rauca y fracturada,
el rumbo de la brisa matutina.¡Mira que tu golondrina otra vez vuela!Mira que desde que eres nido
describo parábolas alegres
y salto en busca de semillas
cantando cuanto me enseñas.
