Estefania Licea

Doctorante en Ciencias Sociales. Autora de La tumba de las magnolias (ganador del Certamen Literario Toluca llena de vida 2023), El amor es un plato que se sirve crudo (Rosa María Porrúa, 2015) y Este es el manicomio de Dios (Ed. uno4cinco, 2020). Ha recibido premios como Diaguita de Oro (Argentina, 2018), Mujer destacada en la Cultura (La Plata, 2019) y La Huella que dejó tu violencia (Chile, 2020).

 

 

 

 

Nadie puede verte

Nadie puede verte Marianela;

tus pasos son apenas la caída de una hoja en un lago,

un quejido extendido entre los pasillos de un psiquiátrico.

 

Nadie puede verte;

cuerpo desnudo que florece en un cuarto revestido de algodón y de blanco.

 

Nadie puede verte;

dibujas un lirio en tu sangre

para que lleguen a ti las aves intoxicadas con Prozac.

 

Nadie puede verte;

hoguera donde arde la vida que se aleja;

silencio diseccionado en la morgue de un hospital.

 

Nadie puede verte;

tu madre dejó de cantarte cuando tenías dos meses;

tu madre se extinguió;

cadáver que se pudre en una navaja sin filo.

 

 Nadie puede verte

hija de nadie,

tienes el olor de las flores que nacen en el panteón.

 

Nadie puede verte,

sombra paralizada en un pasillo blanco;

eres un número en el inventario

de los seres que van esperando la muerte.

 

 

Libélula

Hace tiempo que dejé de sentir que tengo un cuerpo,

el amor me olvidó y no supe cuándo.

 

El dolor fue como una lágrima amotinada tras de mi ojo;

estoy ciega del ojo que mira a la vida.

 

Ayer fui una mariposa suicida,

vagando por caminos donde no florece nadie.

 

La ciudad entera es una tumba

y todos estamos aquí para llorarnos.

 

Seré una danza que se olvida en un prostíbulo

donde los monstruos juegan a ser humanos,

y la gente pensará:

esa no es una mujer,

es una libélula sin brazos.

 

 

 

Josefina

 

Pienso en ti, Josefina

con tu cuerpo de muñeca flaca y pequeñita.

Pienso en ti,

en las manos de un hombre con robustez de roble.

Pienso en ti

pariendo 7 hijos.

Pienso en ti

como un lugar triste penetrado por alfileres.

 

¿Cuánto de ti murió en cada parto?

 

Nadie supo zurcir la muñeca rota de tu cuerpo.

Nadie supo encender de nuevo la luz,

fuiste como ojos para el hambre de los cuervos.

 

Ahora que estás del otro lado de la vida, dime:

¿pudiste encontrar al Dios que te hizo parir a las bestias?

 

Simpleza

 

Oí hablar a un médico sobre la profundidad a la que encuentran los huesos.

Los míos están aquí a simple vista

como pinos que se elevan sobre la tierra húmeda.

 

Llevo el dolor como una cirugía de corazón abierto

fantaseando con que las aves hagan de mi pecho un nido

para sentir sus fríos picos mancillando los gusanos que me habitan.

 

Este cuerpo lo habita una mujer simple

profundamente triste, pero simple.

 

No hay necesidad de desgastar las palabras explicando tal simpleza

solo basta imaginar las orillas del universo

que se expande hasta quien sabe qué punto

al que no llegan nunca los cantos de los pájaros.

 

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