Juan Sebastián Ordoñez — Telúrica
revista literaria Telúrica
Juan Sebastián Ordoñez
Telúrica — revista literaria
Juan Sebastián Ordoñez Colombia
Estudiante de Licenciatura en Literatura en la Universidad del Valle. Su obra ha sido publicada en antologías de editoriales colombianas y en revistas nacionales e internacionales como Revista Montaje (Chile), Revista Kametsa (Perú) y Revista Lexikalia (Colombia). Ganador del primer puesto en el 6.º Concurso de Cuento Corto de la Biblioteca Mario Carvajal de la Universidad del Valle y quinta mención de honor del Premio Nacional de Poesía Maruja Vieira–RTVC 2026, fue participante destacado del III Festival Internacional de Poesía Ergo y hace parte de la muestra semestral de poesía de la Fundación ERGO "Han venido a incendiar la edad del sueño" (2025). En 2024 realizó una residencia en el Encuentro de Jóvenes Artistas Retumba del Centro Nacional de las Artes (DELIA). Es creador y director de la revista literaria digital Azul Oscuro. Finalista del XII Premio Nacional de Cuento "La Cueva", ha publicado las plaquetas La curandera, Este insomnio, Poemas para mi funeral y La flor en el tanque, caracterizadas por una escritura íntima y reflexiva centrada en el dolor, la memoria y la experiencia humana.
Selección de poemas
Oración para Sebastian
Sebastian,
todas las velas encendidas
para pedir tu regreso
se han apagado.
Sus pabilos
se convirtieron en huesos
y dejaron la ceniza
por todo el piso.
Ya no podemos caminar descalzos,
Sebastian.
Y todos los relojes
los hemos detenido
para que dejes de envejecer.
Ya no creemos en dios.
No sabemos a quién rezarle,
no sabemos a quién hablarle
y que no nos escuche.
Sebastian,
todos regresaron por ti
y no encontraron
lo que les prometiste:
el amor, el fuego, la jaula.
Lamento mucho
tu desaparición.
Hemos olvidado tu verdadero nombre.
Aprendimos una lengua nueva,
Sebastian,
para poder amarte
como se hace con las manos libres.
Como se ama a otro hombre.
Y nos levantamos
del hueco donde dormías
porque nos dijeron
que vendrías.
Sebastian, no ha quedado
ninguna vela encendida,
porque al decir
que son para ti
se niegan a la luz
y a alumbrarnos tu llegada,
porque te odian.
Tuvimos que recurrir
a encerrar a los canarios,
Sebastian.
Estaban imitando tu voz,
transformando sus alas
por tus brazos flacos,
y sus picos
por los mismos
labios muertos.
Sebastian,
hemos perdido la fe
en la oración,
pero no en ti:
en tu llegada
y resurrección,
en que eres el jehová
del que nos hablaba
nuestro padre.
La primera carta
No he escrito la primera carta
porque no he pensado
las palabras
para despedir un cuerpo.
Si escribiera por primera vez
diría
que todas las flores son mías,
todas las lluvias,
todas las lunas.
Anotaría las cosas por hacer,
mis peticiones:
cómo y de qué manera doblar mis piernas
para guardarlas en el armario,
dónde dejar la voz,
a quién entregarle
la hoja sucia
de mis veintidós años.
Tendrán que buscarla
dentro de mis zapatos,
como muchacho disfrazado
de guerrillero.
Pediría silencio.
Que alarguen la noche.
Que no me desnuden.
Que me lloren
hasta que el llanto se desgaste,
hasta que se les olvide
que no escribí
la primera carta.
La nueva edad
Tengo miedo
del aliento recogido,
de mirar este cuerpo
golpeado,
tan rodeado de mordiscos;
de no saber
cómo saciar mi sed,
mi calma de muerte.
De la sombra que vuela.
De estos ojos
llenos de llanto,
cegados por la infancia.
De unas manos tan pequeñas,
tan cortas,
que no pueden sostenerme
el miembro
ni el hambre.
Tengo miedo
de la mesa tendida,
de mi madre orando,
de un padre agotado,
del otro padre y su apellido.
Me aterra
la luz de la vela encendida
y el pasillo inmenso
que me lleva a la cama,
a la desnudez del hombre,
al golpe grasiento
de la adultez.
Tengo miedo
de la profundidad,
de estar vivo,
tan vivo,
y olvidar cosas.
De la sospecha
de mi desaparición,
y de la noche
en que me castigaron
con el nacimiento
de mi carne.
Me asusta
la responsabilidad
de mi boca,
de no saber mutilarme
las manos.
Tengo miedo
de no cambiarme el nombre,
de seguir vivo,
de que el hambre
me haga recurrir
a comerme el miedo.
Que mis letras te matan
Me dices, amor,
que mis letras te están matando,
que te asfixian,
que este diario es lo mismo que la peste,
un ataúd
puesto a la intemperie.
Te tiemblan las manos,
no lo tocas.
Dices que tiene mal olor.
Pero, amor,
aquí estás tú.
Aquí te he hecho persona:
dios,
espejos.
Mis letras te dieron a luz,
te hicieron mío.
Te conozco porque te escribí,
nada más.
Me convencí de tu alma
porque la escribí.
Nada más.
Nada.
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